Dicen que el arte es subjetivo, pero creo que no solo el arte lo es. La vida misma, en muchos sentidos, también se presenta como una experiencia subjetiva. Cada quien interpreta la realidad a su manera. Lo que para uno es bueno o divertido, puede resultar indiferente o incluso desagradable para otro. La objetividad existe, sí, pero rara vez se impone sobre la percepción individual.
A mí, por ejemplo, me emociona perderme en una librería. Caminar entre estantes, descubrir títulos que despiertan mi curiosidad y sentarme a leer, me genera la misma alegría que un niño siente en un parque de atracciones. Para muchos puede parecer una actividad simple, incluso aburrida. Para mí es una fiesta silenciosa, un pequeño refugio en medio del ruido cotidiano.
Hace poco, hablando con un colega que está de vacaciones en Canadá, me contó algo que me llenó de envidia (de la buena, si es que existe). Caminando hacia su clase de yoga, encontró un pequeño quiosco en la calle lleno de libros. Las personas pueden llevarse el que quieran —sin pagar— y dejar otro en su lugar. Una especie de trueque literario que funciona con base en la confianza y el amor por la lectura.
Al escuchar su relato, imaginé cuán maravilloso sería encontrar algo así en las calles de mi ciudad. Pero luego pensé en nuestra cultura, en cómo nos relacionamos con lo público, y sentí que estamos a años luz de prácticas como esa. Aún así, soñar no cuesta nada.
En Corea del Sur, por ejemplo, hay pianos públicos en algunas calles. Están allí para fomentar el arte y la cultura en las comunidades. Al igual que los libros en Canadá, los pianos invitan a vivir experiencias que enriquecen el alma. Me gusta imaginar que, para quienes aman la música tanto como yo amo la lectura, toparse con un piano en la calle debe ser un regalo extraordinario.
Desearía que en mi país existieran más iniciativas como esas. Que el arte y la cultura fueran accesibles para todos, sin importar la clase social, el barrio o el apellido. Que podamos pasear y, de pronto, toparnos con una sinfonía al aire libre, con un mural que inspire, con un poema en una pared o con un libro esperando ser leído.
Me gustaría que leer, tocar un instrumento, observar un paisaje, escuchar la sinfónica o bailar en la calle no fueran privilegios, sino derechos compartidos. Me gustaría ver más niños con libros en las manos, más adultos que se permitan soñar despiertos.
Tal vez suene muy fantasiosa. Tal vez parezca, ante los ojos de algunos, una “loca más”. Pero ¿y qué? Nadie dijo que para estar vivos sea obligatorio ser cuerdos. Yo me quedo con mis “me gustaría”. Vale la pena soñar. Y soñar, quizás, es el primer paso para que algún día, así sea.

alba disla

Por alba disla

Alba Disla es comunicadora, productora audiovisual y directora de medios digitales. Fundadora de Informado.com.do, se destaca por su enfoque cercano, humano y ágil en la comunicación, con una trayectoria en prensa, radio y producción audiovisual a nivel nacional e internacional.

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