Hace dos décadas, una conversación telefónica que parecía rutinaria se convirtió en la antesala de una despedida definitiva. La muerte repentina de Celia en un hospital marcó a su familia y dejó una reflexión que hoy, 20 años después, sigue vigente: el tiempo no siempre es tan abundante como creemos.
Una conversación que parecía cotidiana
Un día antes de su fallecimiento, Celia llamó a su hermana. Lloraba. Se disculpaba por no haber podido visitarla. La respuesta fue serena, casi automática: “No importa, lo que más tenemos es tiempo”.
Hablaron durante varios minutos. Nada en ese intercambio hacía pensar que sería el último.
Al día siguiente, una nueva llamada cambió el curso de los acontecimientos. Cally, familiar cercano, preguntó con voz contenida si estaba sola y le pidió que se sentara antes de continuar. El tono anticipaba gravedad. En cuestión de minutos, la incertidumbre se transformó en urgencia.
El hospital: escenario de la despedida
La escena se trasladó a un hospital. Pasillos blancos, olor a antiséptico y una camilla avanzando con rapidez. Allí estaba Celia, tras haber sido sometida a una tomografía. Su estado era crítico.
Su hermana corrió hacia ella. Le sostuvo las manos, le acarició el rostro y repitió frases de consuelo: “Todo estará bien”. Cally permanecía a su lado. Sin embargo, el desenlace fue irreversible. Carmen exhaló su último suspiro en brazos de su familia. Las palabras pronunciadas el día anterior —“lo que más tenemos es tiempo”— adquirieron un significado distinto. La percepción de abundancia se reveló frágil.
El impacto de una pérdida inesperada
La muerte repentina de un ser querido suele generar un duelo complejo. La ausencia de una despedida consciente, según especialistas en salud emocional, intensifica la sensación de incredulidad y la dificultad para aceptar el hecho. En este caso, el impacto
no solo fue emocional, sino también reflexivo. La experiencia llevó a replantear una idea arraigada: la creencia de que siempre habrá una próxima visita, otra llamada, más tiempo.
Dos décadas después
Han pasado 20 años desde aquel episodio. La memoria permanece intacta. “Una hermana no se olvida”, afirma quien vivió esa despedida. El dolor no desaparece, pero se transforma en aprendizaje. El recuerdo se entrelaza con una reflexión que hoy resume la experiencia: la vida no es una garantía permanente, sino un préstamo limitado. El tiempo avanza sin detenerse y no concede prórrogas.
Una lección que trasciende lo personal
Más allá del ámbito familiar, la historia interpela a cualquier lector. En una sociedad marcada por la prisa y las postergaciones, el relato funciona como recordatorio: expresar afecto no debería aplazarse.
Hoy estamos aquí. Mañana es incierto.
Veinte años pueden parecer mucho. Pero, cuando se trata de una despedida inesperada, también pueden sentirse como un instante.
Elena De Los Santos

alba disla

Por alba disla

Alba Disla es comunicadora, productora audiovisual y directora de medios digitales. Fundadora de Informado.com.do, se destaca por su enfoque cercano, humano y ágil en la comunicación, con una trayectoria en prensa, radio y producción audiovisual a nivel nacional e internacional.

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