Hay situaciones que incomodan más de lo que deberían. No porque sean complejas de entender, sino porque exponen lo que muchos prefieren no ver: el abuso disfrazado de cercanía, la desvalorización del trabajo ajeno y el mal uso de la palabra “amistad” como excusa para no pagar lo que se debe.
Hace poco me ocurrió algo que me dejó con muchas preguntas, pero también con una claridad brutal sobre cómo funcionan algunas relaciones. Me reuní con Rafaela, una vieja conocida, quien me pidió que le ayudara escribiendo un guion para su próximo proyecto. Accedí. No solo redacté el guion, también hice varios trabajos adicionales. Cuando pregunté por el pago, me respondió con evasivas: “Luego hablamos”.
Confié. Esperé. Pero al solicitar una compensación justa por lo que había hecho, su respuesta fue tajante: se sintió ofendida. Según ella, por tratarse de una amistad, estaba mal que yo le cobrara. Me dijo que le estaba faltando el respeto y que no todo en la vida era dinero.
Me quedé perpleja.
Y no por el dinero en sí, sino por las implicaciones. ¿Desde cuándo exigir lo justo se interpreta como una ofensa? ¿Desde cuándo el cariño se mide por la disposición a regalar tiempo y talento? ¿Acaso quienes trabajamos en lo creativo, en lo intelectual o en lo emocional, no tenemos derecho a cobrar por lo que hacemos?
Estas son algunas de las preguntas que me asaltaron:
¿Cómo fue que le falté al respeto?
¿En qué momento pasé a ser una persona interesada?
¿Desde cuándo reclamar lo justo convierte a alguien en una mala persona?
¿Acaso se espera que trabaje gratis por el simple hecho de haber compartido una conversación, una risa o un refresco?
La amistad, si es real, no debería usarse como escudo para eludir responsabilidades. Quien te aprecia, respeta tu tiempo, tu esfuerzo y el valor de lo que haces.
Porque
