Madrid, España.-La fisiología humana es un complejo sistema de procesado químico donde nada se desperdicia, ni siquiera el aire. Aunque el tema suele evitarse en las cenas elegantes, la ciencia es clara: una persona sana expulsa gas una media de 23 veces al día. Este fenómeno, lejos de ser un defecto, es la prueba irrefutable de que nuestro sistema digestivo está vivo y trabajando a pleno rendimiento.
El origen de estos gases es doble: el aire que tragamos al comer y los subproductos de la fermentación bacteriana en el colon. Cuando consumimos carbohidratos complejos o fibra, nuestras bacterias intestinales se dan un festín, liberando hidrógeno, dióxido de carbono y metano. Es un proceso natural de reciclaje energético que mantiene el equilibrio de nuestra microbiota.
La frecuencia de 23 veces diarias puede sonar elevada para muchos, pero la mayoría de estas expulsiones son pequeñas, inodoras y ocurren de forma inconsciente.
Durante el sueño, el cuerpo se relaja y libera presión de manera automática, lo que contribuye significativamente a alcanzar esa cifra estadística sin que el individuo lo note apenas.
Retener estos gases por motivos sociales puede ser contraproducente para la salud. La acumulación de presión en el intestino grueso provoca distensión abdominal, cólicos y una sensación general de pesadez. En casos extremos, el gas atrapado puede incluso reabsorberse en el torrente sanguíneo y ser exhalado a través de los pulmones, lo cual resulta mucho menos eficiente que la vía natural.
La dieta juega
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